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El legado
"Es difícil que quien ama la vida pueda también amar la muerte;(...) difícil es también que quien ama el arte pueda amar
la antítesis de la creación que es la muerte"
Carlos Fisas: La leyenda negra de Felipe I
El rey se apoya en su asistente para echarse en la cama. Éste abre la ventana interior que permite ver el altar y se retira. El sonido del órgano inunda la cámara; el monarca trata de concentrar su mente en él para librarse de los cristales que parecen agujerearle la pierna a cada momento.
Hace tres años vio colocar la última piedra del monasterio, cumpliendo así el sueño de su padre. Guarda el luto por su hijo Carlos, por las mujeres a las que amó, por la sabiduría perdida tal vez para siempre. Por su padre: desde la cama puede ver el lugar donde reposa, justo bajo los pies del sacerdote. Un lugar cercano al que dentro de poco acogerá por fin sus huesos cansados.
Se incorpora para sacar de la mesilla un puñado de manuscritos arrugados que ha llegado a aprender de memoria. Cierra los ojos y pasa la mano por el papel, visualizando el trazo firme con que su padre le confió, cuando tenía dieciséis años, que un monarca debía ser amigo de la justicia. “Nuca hagáis nada bajo el impulso de la ira. Sed afable y amable en el trato, escuchad los buenos consejos, pero guardaos de los aduladores como del fuego”.
Una carta parecida a la que hace años escribió a su hijo, que tal vez la quemó en alguna chimenea. Lejos de comprender aquello por lo que abuelo y padre lucharon, ha llegado incluso a tacharlo de hereje. Casi como la Inquisición, con quienes las peleas han sido cada vez más duras. Su empeño por controlar las creencias ha terminado con la unión entre Oriente y Occidente, indispensable para lograr la comprensión del universo. Pero gracias a la tenacidad del arquitecto y al apoyo de un sacerdote, el monasterio guarda para los siglos venideros la armonía del Templo de Salomón.
Apenas puede caminar; del brazo de algún asistente, recorre los pasillos del monasterio pensando si tanta gente merecía morir en la hoguera. A veces se apoya contra el muro y pide otra oportunidad, para remedar aquellas cosas en las que ha podido equivocarse; tantas guerras para mantener un imperio que no podrá sostenerse mucho tiempo.
Siendo muy niño comprendió Felipe lo que debía significar aquel monasterio. Ha paseado por el bosque hasta que su pierna le ha impedido caminar sin ayuda. Desde el lugar que le permitió contemplar la construcción del edificio, ha sentido la energía de las piedras; cada una de ellas cuidadosamente elegida y tallada en las canteras. Mientras el órgano llena la estancia con una melodía triste, el último rey de Jerusalén reza, sin prestar atención al sacerdote, porque alguno de los siglos venideros escuche de nuevo el verdadero mensaje de Dios, arquitecto del mundo.
El jardín de las palabras
Qué hermoso final para el 2033. La nieve cae con fuerza, y la casa tiene tanto calor como en los mejores años, cuando Natalia vivía. He encendido la chimenea y he puesto la mesa en su honor, como le gustaba hacer cada Nochevieja. Dentro de poco nuestro viejo reloj con carrión dará las doce; para entonces espero haber terminado esta carta, y brindar a su salud con una copa de champán. Luego me iré a dormir, y mañana temprano saldré de casa por última vez y dejaré la carta en un buzón; aun no han desaparecido todos. Mi primera idea fue dejársela a mi hijo como despedida. La deseché porque no creo que se molestase en buscarla y, aun en el caso de encontrarla, pensaría que es una muestra más de mi desvarío. Así que me dirijo a su revista de Filosofía porque es el único lugar donde hay alguna posibilidad de que esta carta se publique. La conozco desde que, siendo un chaval, empecé a trabajar como profesor de Letras Muertas. Me dirijo a ustedes porque aun quiero a mi mujer, y ella merecía que no fuera sin intentar dejar este mensaje, en el que los dos creímos. Tal vez no publiquen la carta, pero al menos lo habré intentado. Aun si tomaran la decisión de no publicarla, es seguro que una persona la leerá, y quién sabe si esa persona la tomará un poco en cuenta y la comentará con otra, y luego con otra.
Ustedes no lo recuerdan, pero hubo un tiempo en que las palabras eran importantes. Estoy seguro de que mi hijo lo ha olvidado pero a él, como a muchos de ustedes, su madre le leían cuentos cada noche, con tanto amor que escuchándola era imposible saber si había tenido un día bueno o malo .
Casi nadie decía realmente lo que quería decir, por miedo a que los demás descubrieran sus puntos débiles, por miedo a no quedar bien. Las clases se daban a través de un ordenador, y las comunicaciones eran a través de mensajes de texto y correos electrónicos. Como otros, mi hijo se dio cuenta de que se podía vivir sin decir una sola palabra. Mi mujer y yo tardamos un tiempo en darnos cuenta de lo que le sucedía, y cuando lo hicimos era tarde. Intentamos que recordara las historias que había escuchado, pero no hubo manera. Las novelas dejaron de leerse, la filosofía pasó a ser un estudio inútil; sólo unos pocos continuamos inventando mundos, creando nuevas historias que nadie leería.
No han desaparecido las palabras, pero sí su función expresiva: se han reducido a meros transmisores de información. Pero cómo hacerles recordar que son tan hermosas... Tan hermosas como la nieve esta noche, como lo será el sol si sale mañana después de la tormenta. Cómo si no decir te quiero, cómo ofrecer nuestra ayuda, cómo decir cuenta conmigo. Cómo explicar ese nudo que sentimos en el estómago y que se afloja al ponerlo en palabras. .
He intentado seguir adelante sin Natalia, pero cuando ella murió perdí lo único bueno que tenía en este mundo. A pesar de los años, hasta el final tuvimos muchas cosas que decirnos, libros que leernos y comentar, palabras que hacían que las horas tuvieran un sentido. Ahora no puedo vivir sin la palabra de otro, y por eso he tomado esta decisión.
Tengo un amigo de la infancia, Félix. Hace muchos años ya que le encerraron en un hospital. Todas las semanas le hago una visita. Utilizamos las manos para comunicarnos: si le hubiera hablado, me habrían encerrado a mí también. Hoy me sentaré frente a él y empezaré a hablar: le hablaré de Natalia, de los libros… hablaré hasta que dos enfermeros, amable pero firmemente, me lleven a un cuarto donde me quedaré para siempre. Allí han ido llegando los escritores, los filósofos, los historiadores, los poetas... Por las noches, cuando todos los enfermeros duermen, los internos salen al jardín y recitan poemas, los inventan, juegan con las palabras... allí seré feliz.
Ustedes no lo recuerdan, pero hubo un tiempo en que las palabras eran importantes. Estoy seguro de que mi hijo lo ha olvidado pero a él, como a muchos de ustedes, su madre le leían cuentos cada noche, con tanto amor que escuchándola era imposible saber si había tenido un día bueno o malo .
Casi nadie decía realmente lo que quería decir, por miedo a que los demás descubrieran sus puntos débiles, por miedo a no quedar bien. Las clases se daban a través de un ordenador, y las comunicaciones eran a través de mensajes de texto y correos electrónicos. Como otros, mi hijo se dio cuenta de que se podía vivir sin decir una sola palabra. Mi mujer y yo tardamos un tiempo en darnos cuenta de lo que le sucedía, y cuando lo hicimos era tarde. Intentamos que recordara las historias que había escuchado, pero no hubo manera. Las novelas dejaron de leerse, la filosofía pasó a ser un estudio inútil; sólo unos pocos continuamos inventando mundos, creando nuevas historias que nadie leería.
No han desaparecido las palabras, pero sí su función expresiva: se han reducido a meros transmisores de información. Pero cómo hacerles recordar que son tan hermosas... Tan hermosas como la nieve esta noche, como lo será el sol si sale mañana después de la tormenta. Cómo si no decir te quiero, cómo ofrecer nuestra ayuda, cómo decir cuenta conmigo. Cómo explicar ese nudo que sentimos en el estómago y que se afloja al ponerlo en palabras. .
He intentado seguir adelante sin Natalia, pero cuando ella murió perdí lo único bueno que tenía en este mundo. A pesar de los años, hasta el final tuvimos muchas cosas que decirnos, libros que leernos y comentar, palabras que hacían que las horas tuvieran un sentido. Ahora no puedo vivir sin la palabra de otro, y por eso he tomado esta decisión.
Tengo un amigo de la infancia, Félix. Hace muchos años ya que le encerraron en un hospital. Todas las semanas le hago una visita. Utilizamos las manos para comunicarnos: si le hubiera hablado, me habrían encerrado a mí también. Hoy me sentaré frente a él y empezaré a hablar: le hablaré de Natalia, de los libros… hablaré hasta que dos enfermeros, amable pero firmemente, me lleven a un cuarto donde me quedaré para siempre. Allí han ido llegando los escritores, los filósofos, los historiadores, los poetas... Por las noches, cuando todos los enfermeros duermen, los internos salen al jardín y recitan poemas, los inventan, juegan con las palabras... allí seré feliz.
Esperando un barco (II)
Decidió bajar al pueblo a descansar y regresar al acantilado por la mañana. Mientras bajaba la carretera, se fijó en una pequeña cala, casi oculta entre las rocas. Encontró el camino que descendía hasta la playa, y cuando llegó le agradó ver que no había nadie; sólo una muchacha sentada en la arena. A su lado, de pie, una gran maleta de piel marrón, rodeada por un surco de arena que servía de soporte. Se sentó a su lado; ella ni siquiera le miró. Su vista estaba fija en el horizonte. No parecía tener interés en hablar; tal vez no tuviera interés en nada salvo el mar. Lucas la observó durante unos minutos, atraído por la serenidad de aquel rostro. Intrigado por saber de qué color serían sus ojos, se decidió a preguntar:
- ¿qué haces aquí?
- Estoy esperando un barco - Respondió ella, sin girarse.
- ¿qué haces aquí?
- Estoy esperando un barco - Respondió ella, sin girarse.
Esperando un barco
Lucas dejó atrás el faro y se sentó al borde del acantilado. Frente a él se extendían un cielo limpio de nubes y el mar; resultaba difícil saber dónde empezaba uno y terminaba el otro. Aquel horizonte curvo era la mejor recompensa para su viaje. Después de un mes caminando, por fin había llegado a Finisterre. Recordó a todos los que encontró en el camino; habitantes de los pueblos y compañeros de viaje. Muchas veces sintió el deseo de quedarse en algún lugar, o de permanecer unido a un grupo. Pero tenía que llegar al final; había continuado cada día a pesar del cansancio y las ampollas, con la esperanza de que frente al mar hallaría las respuestas. Y ahora, en el silencio del atardecer, lo único que venía a su mente una y otra vez era la imagen de sus pies mientras caminaba.
Invisibles
Llegó un momento en el que los habitantes de la ciudad se habituaron tanto a los mendigos que, a fuerza de despreciarlos, se hicieron invisibles. Un día desaparecieron. Otro día se evaporaron los ancianos; otro, los enfermos más graves. Entonces la Muerte se enfadó tanto que decidió retirarse. Y se quedaron eternos, secos y estériles, el resto de los "humanos".
Definiciones: MAR
Espacio que cubre la mayor parte de un planeta absurdamente llamado Tierra. La mayoría de las personas se sienten serenas frente al mar, porque pasan los primeros meses de sus vidas flotando en el agua.
Al mar, como al cielo estrellado, se le formulan las grandes preguntas. A veces los pescadores y los bañistas son atrapados por una gran pregunta, y quedarán retenidos en ella hasta que alguien sea capaz de responderla. Los faros son el principio de una respuesta.
Al mar, como al cielo estrellado, se le formulan las grandes preguntas. A veces los pescadores y los bañistas son atrapados por una gran pregunta, y quedarán retenidos en ella hasta que alguien sea capaz de responderla. Los faros son el principio de una respuesta.
Definiciones: RELOJ
Mide las unidades de tiempo, convenio creado por los seres humanos para entenderse unos con otros. También son convenios las unidades de peso o de longitud. Una prueba de que el tiempo no existe es que los niños pequeños no lo entieden ni lo utilizan. Cuando el ser humano aprende a medir el tiempo, aprende también a ser infeliz. Sölo son bonitos los relojes de pared con carrillón y péndulo.
Últimas palabras
Ven, siéntate; tengo algo que contarte:
Ayer por la mañana, mientras limpiaba los libros, encontré una foto. Era yo con siete años, frente al mar. Mira esta sonrisa; es posible que tú no la hayas visto nunca. He intentado repetirla frente al espejo, pero sólo consigo una mueca triste;esa sonrisa ya no vive en mí. Y mira mis piernas. Tenía cardenales, pero no dolían porque cada uno de ellos era un descubrimiento del mundo.
No te vayas; es importante. Mis hijos merecen la oportunidad de sonreir así.
¿Qué haces? Suelta eso. Ya no puedes hacerme daño; he hablado con la policía.
Ayer por la mañana, mientras limpiaba los libros, encontré una foto. Era yo con siete años, frente al mar. Mira esta sonrisa; es posible que tú no la hayas visto nunca. He intentado repetirla frente al espejo, pero sólo consigo una mueca triste;esa sonrisa ya no vive en mí. Y mira mis piernas. Tenía cardenales, pero no dolían porque cada uno de ellos era un descubrimiento del mundo.
No te vayas; es importante. Mis hijos merecen la oportunidad de sonreir así.
¿Qué haces? Suelta eso. Ya no puedes hacerme daño; he hablado con la policía.
Directo al mar
Agustín se sujeta con fuerza al abrigo de su madre. Alza la vista, y la ve gesticular. Se aleja un poco del montón de los plátanos para ver quién está al otro lado: los vendendores de fruta, vestido de blanco, se mueven deprisa por detrás de una barrera de colores.
Como camina hacia atrás, choca con algo y se asusta; un señor muy grande le sonríe desde arriba, y Agustín balbucea una disculpa. El golpe le sitúa en una perspectiva diferente: delante de él ya no están las montañas de fruta, sino algo mucho más extraño. Decenas de peces muertos le miran con la boca abierta. Agustín los contempla con un gesto de asco, y de pronto descubre que hay algo de vida entre el hielo. A un lado, apiladas, tres cajas de cangrejos que agitan sin parar. Uno de ellos ha conseguido escapar, y camina torpe por el suelo ennegrecido del mercado. Agustín mira al señor que vende el pescado; por suerte no se ha dado cuenta de nada. Disimulando como los detectives de sus cuentos, se acerca cada vez más hasta donde está el cangrejo: hay que conseguir que escape.
Caminando despacio logra interponerse entre el animalito y el señor del pescado, que sigue sonriendo a los compradores. Se gira para comprobar, ya aliviado, que el cangrejo ha alcanzado el reguero del agua, donde no pueden verle. "A lo mejor mañana llega al mar", piensa Agustín que vuelve, feliz, a contarle a su madre la hazaña del cangrejo.
Como camina hacia atrás, choca con algo y se asusta; un señor muy grande le sonríe desde arriba, y Agustín balbucea una disculpa. El golpe le sitúa en una perspectiva diferente: delante de él ya no están las montañas de fruta, sino algo mucho más extraño. Decenas de peces muertos le miran con la boca abierta. Agustín los contempla con un gesto de asco, y de pronto descubre que hay algo de vida entre el hielo. A un lado, apiladas, tres cajas de cangrejos que agitan sin parar. Uno de ellos ha conseguido escapar, y camina torpe por el suelo ennegrecido del mercado. Agustín mira al señor que vende el pescado; por suerte no se ha dado cuenta de nada. Disimulando como los detectives de sus cuentos, se acerca cada vez más hasta donde está el cangrejo: hay que conseguir que escape.
Caminando despacio logra interponerse entre el animalito y el señor del pescado, que sigue sonriendo a los compradores. Se gira para comprobar, ya aliviado, que el cangrejo ha alcanzado el reguero del agua, donde no pueden verle. "A lo mejor mañana llega al mar", piensa Agustín que vuelve, feliz, a contarle a su madre la hazaña del cangrejo.
Libertad
Sentada en un pupitre, adivina el recorte de la lluvia en la ventana. Escucha fascinada la música del agua en las aceras.
Fuera hay un mundo en el que está a veces. Está cuando la voz dulce de su madre, cuando el arrullo de su padre. Cuando otros niños juegan y son piratas, hadas, fantasmas. Le gustan las risas, las canciones, los abrazos. Que alguien invente historias sólo para ella. Saltar en los charcos sin preocuparse del barro. La verdad es que le gusta mucho el barro.
No está cuando hay pelea, cuando las noticias, cuando son cosas de mayores. Le fastidia preguntar y que le expliquen “que ya lo entenderás cuando seas grande”.
Tiene sólo diez años, y aun puede decidir cuál es su mundo.
Fuera hay un mundo en el que está a veces. Está cuando la voz dulce de su madre, cuando el arrullo de su padre. Cuando otros niños juegan y son piratas, hadas, fantasmas. Le gustan las risas, las canciones, los abrazos. Que alguien invente historias sólo para ella. Saltar en los charcos sin preocuparse del barro. La verdad es que le gusta mucho el barro.
No está cuando hay pelea, cuando las noticias, cuando son cosas de mayores. Le fastidia preguntar y que le expliquen “que ya lo entenderás cuando seas grande”.
Tiene sólo diez años, y aun puede decidir cuál es su mundo.
La edad
Pasea torpe por los rincones de la biblioteca, arrastrando los pies. El pelo, blanco como su alma, limpia a pesar de los años. Zapatos pequeños, en un pie casi de niña. El bibliotecario la observa, tan diminuta dentro de una gabardina color crema, y siente lástima de ella. No sabe que es feliz, después de tantos y tantos años sin abrir un libro. Su nieta le regaló el carnet: “ toma, abuela, pásate por allí, a ver si encuentras algo que te guste”.
Le gusta todo, el problema es que sólo puede llevarse tres libros. Los toca, lee los índices, las contraportadas, van llegando a su memoria los autores que leyó hace un siglo. Los busca, recuerda un fragmento. En estos momentos no hay, en la biblioteca, nadie tan joven como ella.
Le gusta todo, el problema es que sólo puede llevarse tres libros. Los toca, lee los índices, las contraportadas, van llegando a su memoria los autores que leyó hace un siglo. Los busca, recuerda un fragmento. En estos momentos no hay, en la biblioteca, nadie tan joven como ella.
El hospital
Esa noche en el hospital no podían creer lo sucedido. Los médicos cantaban; las celadoras bailaban con los enfermeros. Dicen que vieron al guardia de seguridad dar volteretas en el aire.
Esa noche, en el hospital, no había muerto nadie.
Esa noche, en el hospital, no había muerto nadie.
Tradición
Era panadero porque panaderos fueron su padre y su abuelo.
Ninguno de los tres confesó nunca a los otros que no le gustaba el pan.
Ninguno de los tres confesó nunca a los otros que no le gustaba el pan.
Vergüenza
Después de dos horas sentada en el sofá apaga la televisión. Sale a la calle pensando en lo enamorada que tal actriz está de aquel otro artista, lo unidos que se les ve en esa foto robada en la playa. Y la hija de fulanito, con lo guapa que es cómo se le ocurre casarse con un hombre así, que ha tenido tantas novias.
Mira el reloj: el tiempo justo para la misa de siete. No le gusta la iglesia los fines de semana, se llena de turistas que vienen a hacer fotos sin ton ni son y no respetan el silencio de la ceremonia.
Entra en la catedral cinco minutos antes de las siete. Elige un banco en el lateral para escuchar bien al sacerdote y va a sentarse cuando los ve. El color sube a su rostro, se funde con el colorete de las mejillas. No da crédito a lo que ve; qué vergüenza. Unos metros delante de ella, frente a la capilla de los condes de Urbaz, dos jóvenes se besan, arrobados.
- Qué desgracia -, piensa la mujer- ; hoy en día se ha perdido el pudor.
Mira el reloj: el tiempo justo para la misa de siete. No le gusta la iglesia los fines de semana, se llena de turistas que vienen a hacer fotos sin ton ni son y no respetan el silencio de la ceremonia.
Entra en la catedral cinco minutos antes de las siete. Elige un banco en el lateral para escuchar bien al sacerdote y va a sentarse cuando los ve. El color sube a su rostro, se funde con el colorete de las mejillas. No da crédito a lo que ve; qué vergüenza. Unos metros delante de ella, frente a la capilla de los condes de Urbaz, dos jóvenes se besan, arrobados.
- Qué desgracia -, piensa la mujer- ; hoy en día se ha perdido el pudor.
Coger el viento
-El viento
- ¿Cómo dice?
- Quiero coger el viento.
Es increíble. Son las dos de la madrugada, hace un frío que pela, y mira ése tipo, gritando que quiere atrapar el viento. Como no espabiles te va a tirar al mar, que no es lo mismo.
- Oye, chaval
- ¿Sí?
- Anda, baja de ahí. Te prepararé una taza de caldo.
Vaya, parece que le he convencido. Ahora con el caldito, cuando esté más tranquilo, le explico que para atraparlo necesita un buen cubo, y no esa red llena de agujeros.
- ¿Cómo dice?
- Quiero coger el viento.
Es increíble. Son las dos de la madrugada, hace un frío que pela, y mira ése tipo, gritando que quiere atrapar el viento. Como no espabiles te va a tirar al mar, que no es lo mismo.
- Oye, chaval
- ¿Sí?
- Anda, baja de ahí. Te prepararé una taza de caldo.
Vaya, parece que le he convencido. Ahora con el caldito, cuando esté más tranquilo, le explico que para atraparlo necesita un buen cubo, y no esa red llena de agujeros.
Muerte de un poeta
Son las tres de la mañana. Gustavo deja con mano temblorosa la taza encima de la mesa. Esta vez el dolor es tan fuerte que ni siquiera la tisana ha podido aliviarle. La tos viene otra vez teñida de sangre, pero él se aferra a los papeles y busca una rima. Aunque siente cada vez más frío, quiere terminar estos versos antes de dormir, llevan todo el día rondándole por la cabeza.
Apenas puede ver el papel. Se acerca a la vela que arde encima de la mesa, su llama se balacea bruscamente por el aire que filtran las ventanas. El humo le hace toser una vez más.
No puede verlos, pero los siente. Los personajes que ha creado van llegando en lento cortejo. Unos vienen de muy lejos, otros de parajes cercanos. Vienen tristes pero decididos a luchar por la memoria de su creador. No están todos; siempre queda alguno que no está conforme con el trato recibido. Ésos, que luchan por el olvido, son los que tienen más posibilidades de permanecer.
Luego llegan los versos en forma de melodía. Se mezclan con espíritus y caballeros, con damas y ojos verdes. Un rayo de luna inunda la habitación. Casi se puede oír el llanto de las musas.
El último ataque de tos le deja agotado y tiritando. La pluma le cae de las manos, queda una mancha de tinta sobre el pergamino a la que sus amigos no prestarán atención. La mano misma cae lentamente, despide a la inspiración, busca otra mano. El recuerdo de su amor le dibuja una sonrisa, sus ojos se cierran; ha muerto un poeta.
Apenas puede ver el papel. Se acerca a la vela que arde encima de la mesa, su llama se balacea bruscamente por el aire que filtran las ventanas. El humo le hace toser una vez más.
No puede verlos, pero los siente. Los personajes que ha creado van llegando en lento cortejo. Unos vienen de muy lejos, otros de parajes cercanos. Vienen tristes pero decididos a luchar por la memoria de su creador. No están todos; siempre queda alguno que no está conforme con el trato recibido. Ésos, que luchan por el olvido, son los que tienen más posibilidades de permanecer.
Luego llegan los versos en forma de melodía. Se mezclan con espíritus y caballeros, con damas y ojos verdes. Un rayo de luna inunda la habitación. Casi se puede oír el llanto de las musas.
El último ataque de tos le deja agotado y tiritando. La pluma le cae de las manos, queda una mancha de tinta sobre el pergamino a la que sus amigos no prestarán atención. La mano misma cae lentamente, despide a la inspiración, busca otra mano. El recuerdo de su amor le dibuja una sonrisa, sus ojos se cierran; ha muerto un poeta.
Lluvia de agosto
Ella estaba en la playa, recogiendo conchas y caracolas. La vi caminar con delicadeza, mirando al suelo, agachándose cuando algo llamaba la atención. Me pareció tan hermosa que miré alrededor, buscando al chico que la acompañaba. No había nadie; literalmente, nadie. No serían más de las cinco de la tarde, pero el mar estaba oscuro como si anocheciera. Lloviznaba, finas gotas pintaban la arena.
Me resigné a cerrar el libro con el temor a que las páginas se deshicieran, y al juntar las manos la vi. No sé lo que me atrapó de ella, pero sentí la necesidad de tenerla entre mis brazos. Tal vez la delicadeza de su gesto, tal vez que, como a mí, no le importaba la lluvia. Tal vez que parecía ausente, ajena a todo, como si alguien la hubiera soltado allí con la misión de conseguir unas conchas y la promesa de recogerla poco después. El caso es que dejé el libro a un lado, irremediablemente lleno de arena y agua, y me fui a caminar con ella.
Me miró un segundo con curiosidad, y luego continuó caminando. Yo a su lado, como si nos conociéramos desde hace tiempo y no tuviéramos ya necesidad de llenar de palabras ese precioso silencio. De vez en cuando las olas nos alcanzaban; recuerdo el agua retrocediendo entre sus pies.
Empecé a ver las conchas en la arena, y a distinguir formas y colores. Sin pensarlo me agaché a recoger una y se la tendí. Me dio las grqacias con una sonrisa, y así llegamos al final de la playa. Miré el punto negro donde habían quedado mis cosas, y encongiéndome de hombros le pregunté su nombre.
Me resigné a cerrar el libro con el temor a que las páginas se deshicieran, y al juntar las manos la vi. No sé lo que me atrapó de ella, pero sentí la necesidad de tenerla entre mis brazos. Tal vez la delicadeza de su gesto, tal vez que, como a mí, no le importaba la lluvia. Tal vez que parecía ausente, ajena a todo, como si alguien la hubiera soltado allí con la misión de conseguir unas conchas y la promesa de recogerla poco después. El caso es que dejé el libro a un lado, irremediablemente lleno de arena y agua, y me fui a caminar con ella.
Me miró un segundo con curiosidad, y luego continuó caminando. Yo a su lado, como si nos conociéramos desde hace tiempo y no tuviéramos ya necesidad de llenar de palabras ese precioso silencio. De vez en cuando las olas nos alcanzaban; recuerdo el agua retrocediendo entre sus pies.
Empecé a ver las conchas en la arena, y a distinguir formas y colores. Sin pensarlo me agaché a recoger una y se la tendí. Me dio las grqacias con una sonrisa, y así llegamos al final de la playa. Miré el punto negro donde habían quedado mis cosas, y encongiéndome de hombros le pregunté su nombre.
El ruido de un coche
Hoy no tiene ganas de cocinar para él solo. Saca de la nevera un cazo de algo sólido que fue sopa y lo pone al fuego. Abre la última botella de vino; mañana tendrá que bajar al pueblo.
Pone la mesa despacio, recoge el caldo y se sienta a cenar. De pronto el corazón se acelera; algo se ha escuchado en el camino. Es la rueda de un coche, no hay duda. Por primera vez siente el ruido de la contraventana de madera, que lleva horas golpeando la pared. Se levanta a cerrarla y se para a escuchar; ¿será ella esta vez? Hace tiempo que no sale a ver, siempre es gente que pierde la carretera comarcal.
Mientras cierra la ventana un calendario que se paró en el mes de junio baila contra la pared. - "Habrá que cambiarlo".- Piensa, y luego se olvida.
Junio fue hace siete meses.
Arrastra sus zapatillas de felpa hasta el salón y enciende la radio. Al hacerlo se fija en un periódico atrasado. Lo abre por la página que está más doblada y lee:
Desaparecida mujer. Edad: 45 años. Estatura: 1,63 metros. Pelo castaño, ojos pardos. Muy delgada. Viste chandal verde claro.
Después de las noticias coge la radio, apaga todas las luces y sube las escaleras. Con la radio en la mesilla, se acuesta y enseguida le vence el sueño. No escucha la llave que tantea la puerta; no la siente acercarse hasta que, sin saber si es algo más que un sueño, siente su respiración mientras le besa la frente.
Pone la mesa despacio, recoge el caldo y se sienta a cenar. De pronto el corazón se acelera; algo se ha escuchado en el camino. Es la rueda de un coche, no hay duda. Por primera vez siente el ruido de la contraventana de madera, que lleva horas golpeando la pared. Se levanta a cerrarla y se para a escuchar; ¿será ella esta vez? Hace tiempo que no sale a ver, siempre es gente que pierde la carretera comarcal.
Mientras cierra la ventana un calendario que se paró en el mes de junio baila contra la pared. - "Habrá que cambiarlo".- Piensa, y luego se olvida.
Junio fue hace siete meses.
Arrastra sus zapatillas de felpa hasta el salón y enciende la radio. Al hacerlo se fija en un periódico atrasado. Lo abre por la página que está más doblada y lee:
Desaparecida mujer. Edad: 45 años. Estatura: 1,63 metros. Pelo castaño, ojos pardos. Muy delgada. Viste chandal verde claro.
Después de las noticias coge la radio, apaga todas las luces y sube las escaleras. Con la radio en la mesilla, se acuesta y enseguida le vence el sueño. No escucha la llave que tantea la puerta; no la siente acercarse hasta que, sin saber si es algo más que un sueño, siente su respiración mientras le besa la frente.
Los libros, el libro
Han pasado nueve años desde la última vez que te vi. Fue en una feria de libros, pero no recuerdo en cual. Sí recuerdo que comenzaba el verano, porque estaba casi eufórico y el aire tenía ese olor que nace de las plantas cuando les da el sol.
Llevábamos unos días sin llamarnos. Yo salía de trabajar y di una vuelta por la feria, buscando algo que regalarte. Todos los libros me recordaban a tí, pero no me decidía por ninguno. De pronto te vi en la caseta donde te conocí. Llevabas una camisa de gasa y el pelo apenas recogido con unas horquillas. Sonreí de un lado a otro de la cara, con un gesto que se me antojó bobo cuando vi tu expresión. Te quedaste quieta, casi asustada. Cuando intentaste devolver la sonrisa, sólo salió una mueca. Te volviste hacia la señora Antonia, sentada en una esquina del puesto, y ella me miró con algo que podía ser sorna, compasión o una mezcla de las dos cosas.
Te dije que andaba buscando un libro, y mientras hablaba tú tratabas de prestar atención sin conseguirlo porque tu mirada, tan fija, parecía ver a través de mí. Quedamos en vernos después del cierre de la caseta en una terraza cercana. Seguí buscando un libro para tí, hasta que di con uno enorme lleno de fotografías. Al menos sirvió para entretenerme durante las dos horas que te esperé; cuando llegué a la última fotografía, lo cerré de un golpe y lo dejé encima de la mesa, bajo la propina para el camarero.
Llevábamos unos días sin llamarnos. Yo salía de trabajar y di una vuelta por la feria, buscando algo que regalarte. Todos los libros me recordaban a tí, pero no me decidía por ninguno. De pronto te vi en la caseta donde te conocí. Llevabas una camisa de gasa y el pelo apenas recogido con unas horquillas. Sonreí de un lado a otro de la cara, con un gesto que se me antojó bobo cuando vi tu expresión. Te quedaste quieta, casi asustada. Cuando intentaste devolver la sonrisa, sólo salió una mueca. Te volviste hacia la señora Antonia, sentada en una esquina del puesto, y ella me miró con algo que podía ser sorna, compasión o una mezcla de las dos cosas.
Te dije que andaba buscando un libro, y mientras hablaba tú tratabas de prestar atención sin conseguirlo porque tu mirada, tan fija, parecía ver a través de mí. Quedamos en vernos después del cierre de la caseta en una terraza cercana. Seguí buscando un libro para tí, hasta que di con uno enorme lleno de fotografías. Al menos sirvió para entretenerme durante las dos horas que te esperé; cuando llegué a la última fotografía, lo cerré de un golpe y lo dejé encima de la mesa, bajo la propina para el camarero.
El faro
Conduce en dirección a su pueblo, le quedan pocos kilómetros para llegar. Estas curvas ya le resultan familiares, las ha recorrido cientos de veces, en coche o andando; para ir a unas fiestas, para charlar con una muchacha, para despejar la cabeza antes de regresar a casa.
Algunas veces caminó hasta el faro sin detenerse y se le fueron las horas sentado sobre las rocas, escuchando lejano el mar, el desquiciante grito de las gaviotas. A pesar del frío y del viento salado, se quedaba prendado del destello intermitente, majestuoso frente a las aguas. Quién vería aquella luz, qué pensaría al saberse cerca de puerto. Sería su puerto, la familia que espera, o un hogar vació como el suyo. Pero algún día, algún día su casa sería de nuevo un faro y al verla desde lejos desearía llegar. Algún día al abrir la puerta le llegaría el olor del pescado en salsa, y correría a la cocina a abrazarla.
Estaba convencido; por eso nunca fue al cementerio.
Algunas veces caminó hasta el faro sin detenerse y se le fueron las horas sentado sobre las rocas, escuchando lejano el mar, el desquiciante grito de las gaviotas. A pesar del frío y del viento salado, se quedaba prendado del destello intermitente, majestuoso frente a las aguas. Quién vería aquella luz, qué pensaría al saberse cerca de puerto. Sería su puerto, la familia que espera, o un hogar vació como el suyo. Pero algún día, algún día su casa sería de nuevo un faro y al verla desde lejos desearía llegar. Algún día al abrir la puerta le llegaría el olor del pescado en salsa, y correría a la cocina a abrazarla.
Estaba convencido; por eso nunca fue al cementerio.
Otoño
En la clase de historia una muchacha se pregunta por primera vez por qué suceden las cosas que escucha en los telediarios. Abre con interés el libro, lee una y otra vez el índice y quiere saber, llegar a los temas de los que ha oído algo. Escucha con atención las primeras palabras del profesor, esperando impaciente el momento en el que, al terminar la asignatura, se habrán resuelto todas sus dudas.
Otro colegio, otra clase, la misma ciudad. Un joven de su edad entra en la clase de literatura, nueva para él, y abre el libro por una página cualquiera. Descubre unos versos como los que él desde hace un tiempo garabatea a escondidas en cuadernos viejos. Quiere ser el autor que tantos sentimientos transmite, el poeta que custodia palabras capaces de conjurar lo que tantas veces duele.
Ella no sabe que hay preguntas sin respuesta; no importa, mientras haya gente que las grite.
Él pasará la vida buscando versos mágicos; no podrá encontrarlos, pero siempre le guiará su hechizo.
Tal vez, algún día, busquen juntos.
Otro colegio, otra clase, la misma ciudad. Un joven de su edad entra en la clase de literatura, nueva para él, y abre el libro por una página cualquiera. Descubre unos versos como los que él desde hace un tiempo garabatea a escondidas en cuadernos viejos. Quiere ser el autor que tantos sentimientos transmite, el poeta que custodia palabras capaces de conjurar lo que tantas veces duele.
Ella no sabe que hay preguntas sin respuesta; no importa, mientras haya gente que las grite.
Él pasará la vida buscando versos mágicos; no podrá encontrarlos, pero siempre le guiará su hechizo.
Tal vez, algún día, busquen juntos.
El autobús
Hace frío. No puedo sentirlo porque voy en el coche, pero lo veo en las manos que sujetan las solapas del abrigo y las empujan hacia dentro, como si fuera posible desaparecer bajo la tela. Esperan el autobús, un autobús que a veces llega y casi siempre no. Es propiedad de una empresa que resta importancia a la vida de los que esperan, porque considera que su tiempo no vale tanto y que pueden gastarlo sentados en ese banco, bajo el frío, el calor o la lluvia. La mayoría han terminado de trabajar por hoy y esperan cansados tratando de no pensar más en una ocupación que llena su cabeza la mayor parte del día. Ese banco es una transición entre la parte de ellos que dan al trabajo y lo poco que les queda; es una frontera entre dos realidades. Ya en el autobús comenzarán a añorar el hogar, el beso que les espera o les esperó. Pensarán qué hacer de cena, qué me habrán preparado, cuáles serán las novedades. Éstos charlando entre ellos, los otros leyendo un libro que les transporta a mundos amables por lo ajenos. Dos, como mucho tres horas en casa, y a dormir: mañana hay que levantarse temprano para trabajar.
