Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2004.
Fisterra
Son las ocho y media de la mañana. Ella espera en la mesa de siempre con un café solo. Juega con el líquido, observa la espuma en los bordes mientras piensa un cuento. Él llega puntual, igual que su sonrisa. Le mira. Quiere decirle tantas cosas... que llevan tantos años recorriendo un camino, y han llegado al final. Ese faro. Que no es sólo el final del camino, sino el comienzo de uno nuevo, uno para recorrer juntos durante mucho tiempo. Cómo explicarlo... busca en su bolso y le tiende un cuaderno con la primera foto y una dirección de Internet.09/09/2004 22:30 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.
Escribir es...
Una necesidad, un gusanillo, como el deseo físico, el deseo de saber, de viajar, de ver, de volar, de ser, de vivir, de amar, de soñar, de pensar, de sentir, de disfrutar, de oler, de caminar, de correr a veces, de huir, de seguir adelante, de no seguir más, de esperar, de gritar, de cantar, de contar tanto, de callarlo todo, de odiar, de expresar rabia, ira, dolor, ternura, esperanza, de tender una mano, de abrazar, de dar un beso, de recibirlo, de querer tanto, de que alguien me pida “ven conmigo”, de pedirlo yo, de descifrar el secreto de una catedral, una montaña, un soplo, la brisa, el mar, los pescadores, una planta, el otoño, la luz, todas las estrellas, las noches de verano, el cariño, una caricia... De arreglar el mundo, de repartirlo entre todos, de bajar a unos cuantos, reflotar las pateras, devolver la vida, espantar la muerte, coger un tren y llegar hasta el borde del mapa.El autobús
Hace frío. No puedo sentirlo porque voy en el coche, pero lo veo en las manos que sujetan las solapas del abrigo y las empujan hacia dentro, como si fuera posible desaparecer bajo la tela. Esperan el autobús, un autobús que a veces llega y casi siempre no. Es propiedad de una empresa que resta importancia a la vida de los que esperan, porque considera que su tiempo no vale tanto y que pueden gastarlo sentados en ese banco, bajo el frío, el calor o la lluvia. La mayoría han terminado de trabajar por hoy y esperan cansados tratando de no pensar más en una ocupación que llena su cabeza la mayor parte del día. Ese banco es una transición entre la parte de ellos que dan al trabajo y lo poco que les queda; es una frontera entre dos realidades. Ya en el autobús comenzarán a añorar el hogar, el beso que les espera o les esperó. Pensarán qué hacer de cena, qué me habrán preparado, cuáles serán las novedades. Éstos charlando entre ellos, los otros leyendo un libro que les transporta a mundos amables por lo ajenos. Dos, como mucho tres horas en casa, y a dormir: mañana hay que levantarse temprano para trabajar.
Despedida
Una despedida es siempre triste y sucia. No importa si eres el que se queda en el andén, agitando una mano que desea ser gancho, o viajero asustado y nervioso que ve difuminarse todo lo que amó. La despedida es, para todos, un agujero lleno de lágrimas por el que se cuela el frío de la ausencia.
Unas veces buscada y otras impuesta, la despedida puede ser necesaria para crecer, pero no siempre es así. Hay despedidas afiladas como una llamada en mitad de la noche, como una carta que no llega, como unos brazos que sujetan un cuerpo. Hay despedidas lentas y progresivas como hilera de hormigas, que dan tiempo a reaccionar y a preparar el pañuelo; otras fugaces y súbitas como tormentas de verano.
Hay despedidas que se van, y otras se agarran como parásitos, gusano que traga la vida y la alegría, velo que no deja entrar nada azul en las miradas. Hay despedidas que se arreglan con el mar, y otras que sólo se remiendan.
Hay tantas despedidas...
Unas veces buscada y otras impuesta, la despedida puede ser necesaria para crecer, pero no siempre es así. Hay despedidas afiladas como una llamada en mitad de la noche, como una carta que no llega, como unos brazos que sujetan un cuerpo. Hay despedidas lentas y progresivas como hilera de hormigas, que dan tiempo a reaccionar y a preparar el pañuelo; otras fugaces y súbitas como tormentas de verano.
Hay despedidas que se van, y otras se agarran como parásitos, gusano que traga la vida y la alegría, velo que no deja entrar nada azul en las miradas. Hay despedidas que se arreglan con el mar, y otras que sólo se remiendan.
Hay tantas despedidas...
Sueños
Ayer el periódico hablaba sobre una mujer que había perdido la capacidad de soñar. Explicaba cómo a consecuencia de una lesión, desde hacía unos años su cerebro no producía sueños o, si lo hacía, ella no podía recordarlos.
He conocido a muchas personas que dicen no recordar lo que sueñan; yo no me imagino sin esas rupturas que introducen los sueños en este mundo tranquilo. Espacios imposibles, campos, playas, encuentros con los que nos dejaron, deseos sólo allí realizados, besos tan dulces que quedan en los labios al despertar. Huidas, vuelos sin alas, objetos que se mueven. Mundos futuros, pesadillas que nos hacen dar gracias por lo que tenemos al abrir los ojos. El rastro de una sensación que se esconde en nuestra cabeza sin que podamos definirla.
Sueños mientras dormimos que nos permiten soñar despiertos; me pregunto cómo vive aquel que ha dejado de soñarse.
He conocido a muchas personas que dicen no recordar lo que sueñan; yo no me imagino sin esas rupturas que introducen los sueños en este mundo tranquilo. Espacios imposibles, campos, playas, encuentros con los que nos dejaron, deseos sólo allí realizados, besos tan dulces que quedan en los labios al despertar. Huidas, vuelos sin alas, objetos que se mueven. Mundos futuros, pesadillas que nos hacen dar gracias por lo que tenemos al abrir los ojos. El rastro de una sensación que se esconde en nuestra cabeza sin que podamos definirla.
Sueños mientras dormimos que nos permiten soñar despiertos; me pregunto cómo vive aquel que ha dejado de soñarse.
Deseo
Beso en tu beso,
Ansia en tu ansia.
Así somos
Cuando nos amamos.
Abrazo que abre otro abrazo,
Sangre bulliciosa que espera y se derrama.
Ansia en tu ansia.
Así somos
Cuando nos amamos.
Abrazo que abre otro abrazo,
Sangre bulliciosa que espera y se derrama.
Otoño
En la clase de historia una muchacha se pregunta por primera vez por qué suceden las cosas que escucha en los telediarios. Abre con interés el libro, lee una y otra vez el índice y quiere saber, llegar a los temas de los que ha oído algo. Escucha con atención las primeras palabras del profesor, esperando impaciente el momento en el que, al terminar la asignatura, se habrán resuelto todas sus dudas.
Otro colegio, otra clase, la misma ciudad. Un joven de su edad entra en la clase de literatura, nueva para él, y abre el libro por una página cualquiera. Descubre unos versos como los que él desde hace un tiempo garabatea a escondidas en cuadernos viejos. Quiere ser el autor que tantos sentimientos transmite, el poeta que custodia palabras capaces de conjurar lo que tantas veces duele.
Ella no sabe que hay preguntas sin respuesta; no importa, mientras haya gente que las grite.
Él pasará la vida buscando versos mágicos; no podrá encontrarlos, pero siempre le guiará su hechizo.
Tal vez, algún día, busquen juntos.
Otro colegio, otra clase, la misma ciudad. Un joven de su edad entra en la clase de literatura, nueva para él, y abre el libro por una página cualquiera. Descubre unos versos como los que él desde hace un tiempo garabatea a escondidas en cuadernos viejos. Quiere ser el autor que tantos sentimientos transmite, el poeta que custodia palabras capaces de conjurar lo que tantas veces duele.
Ella no sabe que hay preguntas sin respuesta; no importa, mientras haya gente que las grite.
Él pasará la vida buscando versos mágicos; no podrá encontrarlos, pero siempre le guiará su hechizo.
Tal vez, algún día, busquen juntos.
El faro
Conduce en dirección a su pueblo, le quedan pocos kilómetros para llegar. Estas curvas ya le resultan familiares, las ha recorrido cientos de veces, en coche o andando; para ir a unas fiestas, para charlar con una muchacha, para despejar la cabeza antes de regresar a casa.
Algunas veces caminó hasta el faro sin detenerse y se le fueron las horas sentado sobre las rocas, escuchando lejano el mar, el desquiciante grito de las gaviotas. A pesar del frío y del viento salado, se quedaba prendado del destello intermitente, majestuoso frente a las aguas. Quién vería aquella luz, qué pensaría al saberse cerca de puerto. Sería su puerto, la familia que espera, o un hogar vació como el suyo. Pero algún día, algún día su casa sería de nuevo un faro y al verla desde lejos desearía llegar. Algún día al abrir la puerta le llegaría el olor del pescado en salsa, y correría a la cocina a abrazarla.
Estaba convencido; por eso nunca fue al cementerio.
Algunas veces caminó hasta el faro sin detenerse y se le fueron las horas sentado sobre las rocas, escuchando lejano el mar, el desquiciante grito de las gaviotas. A pesar del frío y del viento salado, se quedaba prendado del destello intermitente, majestuoso frente a las aguas. Quién vería aquella luz, qué pensaría al saberse cerca de puerto. Sería su puerto, la familia que espera, o un hogar vació como el suyo. Pero algún día, algún día su casa sería de nuevo un faro y al verla desde lejos desearía llegar. Algún día al abrir la puerta le llegaría el olor del pescado en salsa, y correría a la cocina a abrazarla.
Estaba convencido; por eso nunca fue al cementerio.
Tu espalda
Duerme la piel de tu espalda entre el dolor y la fortuna.
Quieta la noche, respira el alma entre estrellas de ausencia.
Anhelo de ti, manos fuertes que me acogen y llenan otros lugares
Donde nunca antes estuve.
Duerme.
Yo velo tu risa esta noche, entre el deseo y la plenitud,
Que nunca se colma,
Que nunca se acaba de creer la dicha
De tener un cuerpo
En el que le gustaría morir siempre.
Quieta la noche, respira el alma entre estrellas de ausencia.
Anhelo de ti, manos fuertes que me acogen y llenan otros lugares
Donde nunca antes estuve.
Duerme.
Yo velo tu risa esta noche, entre el deseo y la plenitud,
Que nunca se colma,
Que nunca se acaba de creer la dicha
De tener un cuerpo
En el que le gustaría morir siempre.
Los libros, el libro
Han pasado nueve años desde la última vez que te vi. Fue en una feria de libros, pero no recuerdo en cual. Sí recuerdo que comenzaba el verano, porque estaba casi eufórico y el aire tenía ese olor que nace de las plantas cuando les da el sol.
Llevábamos unos días sin llamarnos. Yo salía de trabajar y di una vuelta por la feria, buscando algo que regalarte. Todos los libros me recordaban a tí, pero no me decidía por ninguno. De pronto te vi en la caseta donde te conocí. Llevabas una camisa de gasa y el pelo apenas recogido con unas horquillas. Sonreí de un lado a otro de la cara, con un gesto que se me antojó bobo cuando vi tu expresión. Te quedaste quieta, casi asustada. Cuando intentaste devolver la sonrisa, sólo salió una mueca. Te volviste hacia la señora Antonia, sentada en una esquina del puesto, y ella me miró con algo que podía ser sorna, compasión o una mezcla de las dos cosas.
Te dije que andaba buscando un libro, y mientras hablaba tú tratabas de prestar atención sin conseguirlo porque tu mirada, tan fija, parecía ver a través de mí. Quedamos en vernos después del cierre de la caseta en una terraza cercana. Seguí buscando un libro para tí, hasta que di con uno enorme lleno de fotografías. Al menos sirvió para entretenerme durante las dos horas que te esperé; cuando llegué a la última fotografía, lo cerré de un golpe y lo dejé encima de la mesa, bajo la propina para el camarero.
Llevábamos unos días sin llamarnos. Yo salía de trabajar y di una vuelta por la feria, buscando algo que regalarte. Todos los libros me recordaban a tí, pero no me decidía por ninguno. De pronto te vi en la caseta donde te conocí. Llevabas una camisa de gasa y el pelo apenas recogido con unas horquillas. Sonreí de un lado a otro de la cara, con un gesto que se me antojó bobo cuando vi tu expresión. Te quedaste quieta, casi asustada. Cuando intentaste devolver la sonrisa, sólo salió una mueca. Te volviste hacia la señora Antonia, sentada en una esquina del puesto, y ella me miró con algo que podía ser sorna, compasión o una mezcla de las dos cosas.
Te dije que andaba buscando un libro, y mientras hablaba tú tratabas de prestar atención sin conseguirlo porque tu mirada, tan fija, parecía ver a través de mí. Quedamos en vernos después del cierre de la caseta en una terraza cercana. Seguí buscando un libro para tí, hasta que di con uno enorme lleno de fotografías. Al menos sirvió para entretenerme durante las dos horas que te esperé; cuando llegué a la última fotografía, lo cerré de un golpe y lo dejé encima de la mesa, bajo la propina para el camarero.
Memoria
No es cierto que seamos sólo nuestra memoria porque, de ser así, al perderla nos perderíamos. Somos, también, memoria de los demás y memoria en los demás. Lo que somos en otros y lo que de ellos llevamos es lo que nos salva de la muerte. Los padres que pierden a su hijo son un agujero de dolor, pero guarda lo más preciado de quien se fue: su memoria. Memoria, recuerdo que va dando a otros y que así perdura entre las generaciones.
Tal vez por eso cuanto mayor es la tragedia mayor es el grado de permanencia, y en más gente. Los que hemos leído la historia personal de cada una de las víctimas del 11-M, las traeremos a nuestro recuerdo aun dentro de unos años, desencadenada su imagen por cualquier estímulo. Así también recordamos por siempre a los seres queridos, sin importar cuántos años sin ellos.
Nuestra vida se entrelaza con otras desde que nacemos. Cuando rememoramos algún momento de nuestra vida, solemos asociarlo a la presencia de otra persona, que permanecerá en nuestra memoria, y nosotros en la suya. Así, no es cierto que perdamos todo al perder la memoria; aun cuando todo nuestro ser sea fulminado por el tiempo, alguien nos traerá ante un álbum de fotos.
Tal vez por eso cuanto mayor es la tragedia mayor es el grado de permanencia, y en más gente. Los que hemos leído la historia personal de cada una de las víctimas del 11-M, las traeremos a nuestro recuerdo aun dentro de unos años, desencadenada su imagen por cualquier estímulo. Así también recordamos por siempre a los seres queridos, sin importar cuántos años sin ellos.
Nuestra vida se entrelaza con otras desde que nacemos. Cuando rememoramos algún momento de nuestra vida, solemos asociarlo a la presencia de otra persona, que permanecerá en nuestra memoria, y nosotros en la suya. Así, no es cierto que perdamos todo al perder la memoria; aun cuando todo nuestro ser sea fulminado por el tiempo, alguien nos traerá ante un álbum de fotos.
Olvido
Soy la niña en la aldea,
el olor de la sangre,
el estruendo en el aire,
la hogaza de pan.
Un camisón que cruje,
la mano que tiembla,
el cuerpo que olvida.
El llanto de mi hijo,
sus primeras palabras,
el juego con su hermano.
Rojo, verde, azul.
Espliego, harina, fuego.
Maldito teléfono
estallidos de dolor
otra vez el teléfono.
No es verdad;
tú no te has ido.
Ahora, con el olvido,
te veo como siempre.
Te sientas a mi lado,
enhebras mi aguja.
Déjales;
no lo entienden.
Desde que vino el olvido
vivo contigo.
el olor de la sangre,
el estruendo en el aire,
la hogaza de pan.
Un camisón que cruje,
la mano que tiembla,
el cuerpo que olvida.
El llanto de mi hijo,
sus primeras palabras,
el juego con su hermano.
Rojo, verde, azul.
Espliego, harina, fuego.
Maldito teléfono
estallidos de dolor
otra vez el teléfono.
No es verdad;
tú no te has ido.
Ahora, con el olvido,
te veo como siempre.
Te sientas a mi lado,
enhebras mi aguja.
Déjales;
no lo entienden.
Desde que vino el olvido
vivo contigo.
El ruido de un coche
Hoy no tiene ganas de cocinar para él solo. Saca de la nevera un cazo de algo sólido que fue sopa y lo pone al fuego. Abre la última botella de vino; mañana tendrá que bajar al pueblo.
Pone la mesa despacio, recoge el caldo y se sienta a cenar. De pronto el corazón se acelera; algo se ha escuchado en el camino. Es la rueda de un coche, no hay duda. Por primera vez siente el ruido de la contraventana de madera, que lleva horas golpeando la pared. Se levanta a cerrarla y se para a escuchar; ¿será ella esta vez? Hace tiempo que no sale a ver, siempre es gente que pierde la carretera comarcal.
Mientras cierra la ventana un calendario que se paró en el mes de junio baila contra la pared. - "Habrá que cambiarlo".- Piensa, y luego se olvida.
Junio fue hace siete meses.
Arrastra sus zapatillas de felpa hasta el salón y enciende la radio. Al hacerlo se fija en un periódico atrasado. Lo abre por la página que está más doblada y lee:
Desaparecida mujer. Edad: 45 años. Estatura: 1,63 metros. Pelo castaño, ojos pardos. Muy delgada. Viste chandal verde claro.
Después de las noticias coge la radio, apaga todas las luces y sube las escaleras. Con la radio en la mesilla, se acuesta y enseguida le vence el sueño. No escucha la llave que tantea la puerta; no la siente acercarse hasta que, sin saber si es algo más que un sueño, siente su respiración mientras le besa la frente.
Pone la mesa despacio, recoge el caldo y se sienta a cenar. De pronto el corazón se acelera; algo se ha escuchado en el camino. Es la rueda de un coche, no hay duda. Por primera vez siente el ruido de la contraventana de madera, que lleva horas golpeando la pared. Se levanta a cerrarla y se para a escuchar; ¿será ella esta vez? Hace tiempo que no sale a ver, siempre es gente que pierde la carretera comarcal.
Mientras cierra la ventana un calendario que se paró en el mes de junio baila contra la pared. - "Habrá que cambiarlo".- Piensa, y luego se olvida.
Junio fue hace siete meses.
Arrastra sus zapatillas de felpa hasta el salón y enciende la radio. Al hacerlo se fija en un periódico atrasado. Lo abre por la página que está más doblada y lee:
Desaparecida mujer. Edad: 45 años. Estatura: 1,63 metros. Pelo castaño, ojos pardos. Muy delgada. Viste chandal verde claro.
Después de las noticias coge la radio, apaga todas las luces y sube las escaleras. Con la radio en la mesilla, se acuesta y enseguida le vence el sueño. No escucha la llave que tantea la puerta; no la siente acercarse hasta que, sin saber si es algo más que un sueño, siente su respiración mientras le besa la frente.
Lluvia de agosto
Ella estaba en la playa, recogiendo conchas y caracolas. La vi caminar con delicadeza, mirando al suelo, agachándose cuando algo llamaba la atención. Me pareció tan hermosa que miré alrededor, buscando al chico que la acompañaba. No había nadie; literalmente, nadie. No serían más de las cinco de la tarde, pero el mar estaba oscuro como si anocheciera. Lloviznaba, finas gotas pintaban la arena.
Me resigné a cerrar el libro con el temor a que las páginas se deshicieran, y al juntar las manos la vi. No sé lo que me atrapó de ella, pero sentí la necesidad de tenerla entre mis brazos. Tal vez la delicadeza de su gesto, tal vez que, como a mí, no le importaba la lluvia. Tal vez que parecía ausente, ajena a todo, como si alguien la hubiera soltado allí con la misión de conseguir unas conchas y la promesa de recogerla poco después. El caso es que dejé el libro a un lado, irremediablemente lleno de arena y agua, y me fui a caminar con ella.
Me miró un segundo con curiosidad, y luego continuó caminando. Yo a su lado, como si nos conociéramos desde hace tiempo y no tuviéramos ya necesidad de llenar de palabras ese precioso silencio. De vez en cuando las olas nos alcanzaban; recuerdo el agua retrocediendo entre sus pies.
Empecé a ver las conchas en la arena, y a distinguir formas y colores. Sin pensarlo me agaché a recoger una y se la tendí. Me dio las grqacias con una sonrisa, y así llegamos al final de la playa. Miré el punto negro donde habían quedado mis cosas, y encongiéndome de hombros le pregunté su nombre.
Me resigné a cerrar el libro con el temor a que las páginas se deshicieran, y al juntar las manos la vi. No sé lo que me atrapó de ella, pero sentí la necesidad de tenerla entre mis brazos. Tal vez la delicadeza de su gesto, tal vez que, como a mí, no le importaba la lluvia. Tal vez que parecía ausente, ajena a todo, como si alguien la hubiera soltado allí con la misión de conseguir unas conchas y la promesa de recogerla poco después. El caso es que dejé el libro a un lado, irremediablemente lleno de arena y agua, y me fui a caminar con ella.
Me miró un segundo con curiosidad, y luego continuó caminando. Yo a su lado, como si nos conociéramos desde hace tiempo y no tuviéramos ya necesidad de llenar de palabras ese precioso silencio. De vez en cuando las olas nos alcanzaban; recuerdo el agua retrocediendo entre sus pies.
Empecé a ver las conchas en la arena, y a distinguir formas y colores. Sin pensarlo me agaché a recoger una y se la tendí. Me dio las grqacias con una sonrisa, y así llegamos al final de la playa. Miré el punto negro donde habían quedado mis cosas, y encongiéndome de hombros le pregunté su nombre.
