Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005.
Capítulo I
Nací una mañana a principios de agosto, hace ya veintiocho años. Mi madre sacaba brillo a la lámpara del faro en el que vivíamos, y mi padre dormía en la planta baja. Subida en una silla, el brazo estirado hacia el exterior para limpiar los churretes de las gaviotas en el cristal, tuvo de pronto la certeza de que iba a dar a luz. Bajó despacio de su pequeño pedestal. Contó las escaleras que le quedaban para llegar hasta mi padre, y cuando calculó que la distancia era suficiente, se puso las manos junto a la boca a modo de bocina e imitó la sirena de una barco, tal como habían convenido. En menos de tres minutos estaban subidos en el viejo descapotable,rezando para que el único doctor que había en el pueblo estuviera disponible.
Capítulo II
Hasta ese día mi abuelo vivía solo en la casa de cal junto al faro. Al menos una noche por semana subía a ver a mi padre, y entre giro y giro de la señal luminosa le pedía que olvidara los viejos rencores y se trasladara de nuevo al hogar familiar. El orgullo le había impedido aceptar la propuesta; pero cuando mi madre y él se dieron cuenta de que la única solución era colgar la cuna del techo regresaron a la casa de cal. Por supuesto, la decisión no fue inmediata. Pasé dos noches durmiendo como si fuera una lámpara, y cuando al tercero se dibujó una grieta en el techo, comenzaron a empaquetar sus cosas.
Capítulo III
Aquella casa estaba llena de ventanas, y el azul del mar inundaba las habitaciones. Me puse de pie por primera vez para ver el horizonte sin necesidad de que me levantaran en brazos; según cuenta mi madre, era la única forma de hacerme callar. En mis primeros años de vida podía pasar horas mirando aquel horizonte que imaginaba plano y casi infinito, que podía navegarse hasta el fin del mundo. Cuando supe que había muchos faros como el nuestro, pensé que marcaban el paso a otra dimensión; tal vez a un lugar donde convivían pasado, presente y futuro. A un universo donde cualquier cosa era posible.
Crecí detrás de aquellas ventanas, soñando con el momento en que, pilotando uno de los barcos de colores atados en el puerto, navegaría por un mar en calma durante semanas hasta llegar al lindero del mundo conocido.
Crecí detrás de aquellas ventanas, soñando con el momento en que, pilotando uno de los barcos de colores atados en el puerto, navegaría por un mar en calma durante semanas hasta llegar al lindero del mundo conocido.
Capítulo IV
El abuelo cayó enfermo una mañana de junio. Guardó sus gafas en el cajón de la mesilla, se metió en la cama y no volvió a salir. Yo le visitaba cada día; nunca hasta entonces habíamos hablado tanto. Era el único que no me trataba como a una niña de ocho años. Él me contaba historias sobre otros fareros, a los que prometí visitar cuando fuera mayor. Yo rezaba cada noche para que aguantara con vida hasta la fiesta de la virgen del Carmen, pensando que entonces llegaría el milagro capaz de salvarle. Una vez curado, me ayudaría a construir mi propia barca y juntos descubriríamos aquel mundo oculto tras el horizonte.
El abuelo se marchó para siempre el 16 de julio. Dicen que lo enterraron bajo una de las cruces blancas que desde un promontorio vigilan el mar. Yo creo que se lo llevaron los marineros en una barca, y que me espera más allá de los límites del mapa.
El abuelo se marchó para siempre el 16 de julio. Dicen que lo enterraron bajo una de las cruces blancas que desde un promontorio vigilan el mar. Yo creo que se lo llevaron los marineros en una barca, y que me espera más allá de los límites del mapa.
